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¿Por qué deberíamos hacer todo lo que podamos por acelerar el fin del envejecimiento humano?

Ésta es una de mis cinco páginas de FAQ (“Preguntas más frecuentes”): se ocupa de si vencer el envejecimiento es una mala idea o una prioridad menor. Las otras páginas de FAQ responden a:

- retos generales a la "credibilidad" del SENS,
- preguntas sobre cuánto tiempo puede vivir gente de qué edad actual,
- críticas sobre cómo voy a hacer que SENS sea una realidad, y
-
consultas sobre cómo puede uno ayudar al esfuerzo SENS.

Trabajo para curar el envejecimiento y creo que usted debería hacer lo mismo, ya que me parece que salvar vidas es lo más valioso en lo que cualquiera puede gastar su tiempo, y como más de 100,000 personas mueren cada día por causas por las que la gente joven no suele morir, usted salvará más vidas ayudando a curar el envejecimiento que de ninguna otra manera. (Seguramente, algunos podrán hacer más que otros, pero no subestime cuánto puede hacer usted: lea lo que hay aquí y luego reflexione sobre lo que usted sería capaz de hacer y yo no he caído en la cuenta.)

Si no está convencido de que el envejecimiento debe ser curado para cuando salga de esta página, le animo a que me envíe un correo electrónico y me explique sus razones. Si está convencido, envíemelo igualmente: de esa manera podemos trabajar juntos para hacer el mejor uso de sus talentos (incluso, quizá, mejorando o añadiendo a los argumentos que se presentan en esta página). Así que, si usted no me escribe, eso significa que usted AFIRMA que no hay que trabajar en curar el envejecimiento y también AFIRMA que no puede o no quiere explicar por qué lo AFIRMA. No lo olvide.

1) Argumentos sociales sobre por qué curar el envejecimiento podría ser malo:
- Curar el envejecimiento provocaría una terrible superpoblación.
- Las terapias de rejuvenecimiento sólo estarían disponibles para los ricos.
- Nunca podríamos jubilarnos.
- Los tiranos vivirían para siempre; sería como en Un Mundo Feliz.

2) Argumentos personales o filosóficos sobre por qué curar el envejecimiento podría ser malo:
- Los jóvenes son los más creativos, por lo que los multi-centenarios estarían osificados.
- Con tanto tiempo, ninguno buscaría la excelencia.
- Con tanta vida por delante, abandonaríamos todo lo que sea divertido pero arriesgado.
- El curso de nuestra vida tal como es es una pieza clave de lo que significa ser humano.
- Tratar de escapar de la vejez no es natural, es jugar a ser Dios.
- Eso no sería salvar vidas, sería extender las vidas.
- Olvidaríamos tantas cosas sobre nuestra juventud que dejaríamos de ser la misma persona.

3) Argumentos sobre por qué curar el envejecimiento no es importante:
- ¡Ni siquiera quiero vivir hasta los mil!
- Soy demasiado viejo como para tener ninguna posibilidad de beneficiarme.
- Deberíamos centrarnos primero en curar enfermedades y acabar con el hambre.
- Deberíamos centrarnos en posponer la debilidad, no la muerte.
- La vida ya es lo bastante larga como para hacer todo lo que la vida puede ofrecer.

1) Argumentos sociales sobre por qué curar el envejecimiento podría ser malo.

Hay dos tipos de respuesta a las reservas hacia las consecuencias sociales basadas en la cura del envejecimiento. Uno es examinar en profundidad tales reservas y construir un argumento detallado sobre cómo evitar la situación en cuestión. Creo que ése es un buen procedimiento; yo mismo lo he adoptado, aquí y en lo que sigue, y otros muchos han hecho lo mismo, con frecuencia mejor que yo. Pero también tengo una respuesta general, la cual evita, entre otras cosas, las objeciones del tipo: "Bueno, sí, eso es una estrategia, pero ¿y si falla?" Veamos, presten atención: aquí estamos hablando de vidas, de 100.000 vidas diarias. ¿Qué hace usted cuando está fastidiado? ¿Se mata? Creo que no. La sociedad siempre ha tenido problemas y, sin duda alguna, siempre se sobrepone, y trabaja para minimizarlos y resolverlos, como sucede con los problemas tecnológicos, sin ir más lejos. Pretender que seremos incapaces de hacer frente a los problemas futuros y que por ello es mejor condenar a miles de millones a la insignificante esperanza de vida de nuestros antepasados es, en cualquier caso, un chiste negro, pero aún es más negro cuando consideramos lo inverosímil que resulta que dichos problemas vayan a ser peores o más difíciles de abordar que los que hemos abordado en el pasado. Y no será porque los problemas que hemos afrontado con éxito en el pasado parecían menos desalentadores. Por ejemplo, ¿quién habría podido imaginar en 1850 que esa sociedad estaría dispuesta a someterse a la indignidad de ponerse un absurdo chisme de goma cada vez que practicara sexo, simplemente para detener la explosión de población que siguió a la casi eliminación de mortalidad infantil? Pues, a pesar de todo, eso es lo que sucedió en todo el mundo industrializado, sin más coerción que el simple hecho de que esos niños que aún siguen con vida resultan muy caros.

Curar el envejecimiento provocaría una terrible superpoblación.

Quizá está usted esperando a que yo proponga una solución que la sociedad debería y, por lo tanto, "obviamente querría" adoptar. Pues no lo voy a hacer, la verdad. Tengo dos respuestas que no dicen nada sobre qué pasos específicos debería dar la sociedad, una sobre un precedente en el pasado y una sobre derechos humanos. Seguidamente, examinaré algunas cuestiones sobre qué soluciones podemos elegir, y con ello, posiblemente, alivie algunas preocupaciones, pero no olvide que no estoy diciendo lo que yo creo que la sociedad hará en realidad. Consideremos ahora el aspecto "derechos humanos". Probablemente, la población de la Tierra crecerá bastante deprisa durante el periodo inmediatamente posterior a que los tratamientos estén disponibles, y nos enfrentaremos a una elección bien sencilla: o usar los tratamientos y vivir más tiempo y tener muchos menos niños o seguir teniendo niños al ritmo actual y no usar los tratamientos, con lo que seguiremos muriéndonos de viejos como hasta ahora. No digo que yo sepa lo que decidirá la sociedad en ese momento. Lo que digo es que la población de esa época tiene el derecho de tomar por sí misma esa decisión, y no recibirla ya tomada de la sociedad de hoy. Si retrasamos el desarrollo de las terapias de rejuvenecimiento, estamos condenando a la sociedad futura a morir a las edades a las que morimos hoy, tanto si les gusta como si no. No tenemos derecho a hacer eso; tenemos el deber de desarrollar esas terapias tan rápido como sea posible con el objeto de darle a elegir a la sociedad futura. Del mismo modo que el parlamento no tiene derecho (en el Reino Unido) a restringir las decisiones de los parlamentos subsiguientes, la sociedad actual no tiene derecho a restringir las decisiones de la sociedad del futuro.

Primero vamos a echar un vistazo a un precedente en el pasado. Póngase en el lugar de alguien poderoso --el primer ministro de Francia, por ejemplo-- en, digamos, 1870 o por ahí, cuando Pasteur iba por ahí diciendo que la higiene podría evitar casi por completo la muerte de niños por infecciones y en los partos. Usted, dada su posición, tiene cierta influencia sobre cuán rápido se divulgue ese conocimiento y, por lo tanto, sobre cuán rápido se empiece a salvar vidas. Pero usted se da cuenta de que cuanto antes empiece la gente a adoptar esos principios y a lavarse las manos y cosas por el estilo, antes se producirá una explosión de población a cuenta de todos aquellos niños que no se mueren. ¿Qué habría hecho? ¿Difundir la información lo antes posible o retenerla todo lo que pudiera con el objeto de retrasar la crisis demográfica? Aún no he encontrado a nadie que hubiera hecho esto último. Con la cura del envejecimiento pasa lo mismo. Nadie. Así que, concretando: seguramente, puede que se produzca algún tipo de explosión demográfica, tal y como lo hubo a raíz de evitar todas aquellas muertes --y nosotros podemos reaccionar reduciendo la tasa de nacimientos tan deprisa como lo hicimos entonces, o más despacio--, pero la prioridad es poner fin a la mortandad. Todo lo demás es circunstancial.

Consideremos ahora el aspecto "derechos humanos". Probablemente, la población de la Tierra crecerá bastante deprisa durante el periodo inmediatamente posterior a que los tratamientos estén disponibles, y nos enfrentaremos a una elección bien sencilla: o usar los tratamientos y vivir más tiempo y tener muchos menos niños o seguir teniendo niños al ritmo actual y no usar los tratamientos, con lo que seguiremos muriéndonos de viejos como hasta ahora. No digo que yo sepa lo que decidirá la sociedad en ese momento. Lo que digo es que la población de esa época tiene el derecho de tomar por sí misma esa decisión, y no recibirla ya tomada de la sociedad de hoy. Si retrasamos el desarrollo de las terapias de rejuvenecimiento, estamos condenando a la sociedad futura a morir a las edades a las que morimos hoy, tanto si les gusta como si no. No tenemos derecho a hacer eso; tenemos el deber de desarrollar esas terapias tan rápido como sea posible con el objeto de darle a elegir a la sociedad futura. Del mismo modo que el parlamento no tiene derecho (en el Reino Unido) a restringir las decisiones de los parlamentos subsiguientes, la sociedad actual no tiene derecho a restringir las decisiones de la sociedad del futuro.

Bien, hablemos ahora de algunas posibilidades concretas. Hay cuatro cuestiones a considerar: 1) Que se diera el peor de los casos; tres puntos principales:

- que, en el peor de los casos, llegáramos a tener un problema de superpoblación;
- la posibilidad de que, al final, tal problema no llegue a plantearse;
- las opciones en el caso de que suceda y cuando suceda;
- de quién debería ser la elección entre tales opciones.
(Sí, ésta última resultará algo repetitiva respecto a lo que he dicho antes. Lo considero necesario.)

1) Que se diera el peor de los casos; tres puntos principales:

En primer lugar, el factor de crecimiento máximo (es decir, asumiendo que dispongamos de terapias de rejuvenecimiento totalmente efectivas y disponibles para todos) es una gran ciudad al año. Eso, en realidad, son buenas noticias; no es mucho más de lo que tenemos actualmente, ya que la tasa de natalidad global ya supera por un amplio margen al índice de mortalidad. Así que, en realidad, dispondríamos de un tiempo bastante largo para determinar qué hacer al respecto antes de que no quede más remedio que hacerlo. Antes de eso, nos encontraremos con otros problemas logísticos, como la formación de suficiente personal médico para suministrar las terapias.

La segunda buena noticia es que, incluso en el caso de que la superpoblación llegara a ser grave (si ello llegara a ocurrir; consultar más adelante), lo haría de forma muy gradual. Podríamos probar distintas soluciones, comprobar si funcionan bien, probar con otras, etc.

El tercer punto a tener en cuenta es que una proporción considerablemente elevada de gente parece preferir vivir en ciudades. Con las ingentes cantidades de riqueza producto de no volver a tener gente débil, resultaría práctico construir vivienda urbana de muy alta calidad para todo el mundo, y la densidad de esos asentamientos es tal que una población de al menos 20.000 millones difícilmente acabaría ocupando todo el espacio rural que hay actualmente.

2) ¿Qué es lo que acabará pasando?

Acabaríamos teniendo una crisis de población solo en el caso de que la tasa de natalidad realmente excediera en gran proporción al índice de mortalidad durante un periodo prolongado. Hay buenas estadísticas (como las que menciono aquí) que indican un acentuado incremento en el número de mujeres que deciden no tener hijos --la proporción de mujeres que voluntariamente han dejado de procrear en los EE.UU. se elevó en 2.75 puntos en solo trece años, entre 1982 y 1995, por ejemplo-- y parece probable que la razón no sea otra que la emancipación femenina: en primer lugar, las mujeres disponen cada vez de más posibilidades de realizarse con otras ocupaciones que no sean tener hijos, y en segundo lugar están desprendiéndose de su condicionante cultural que les dice que tener hijos es el único y verdadero sentido de la vida. (Personalmente, el bombardeo a las niñas con muñecas y otra parafernalia variada de maternidad me parece tan escandaloso como el bombardeo a niños con juguetes bélicos, y a ambos con ideologías de otros tipos.) También hay argumentos psicológicos que indican que, incluso si queremos tener hijos, tenderemos a quererlos tener a intervalos cada vez mayores, porque el crecimiento mental continuado que puede darse con un periodo más largo de capacidad mental joven redefinirá progresivamente la niñez y la madurez mientras se completa a edades cada vez más y más grandes.

3) ¿Qué opciones tenemos en el caso de que suceda?

Básicamente, nuestras opciones son extremadamente simples: o reducir la tasa de natalidad o elevar la tasa de mortalidad. La tasa de mortalidad puede elevarse de muchas maneras: restringir el acceso a las terapias de rejuvenecimiento (matando así a los ancianos), restringir el acceso a los antibióticos (matando así a la gente en las regiones más infectadas), o restringir el acceso a la atención médica en general (matando así a los más pobres, probablemente). La tasa de natalidad puede mantenerse baja con la gente actuando conscientemente en interés propio y decidiendo no tener hijos, del mismo modo que hoy decidimos no llenar el ambiente con gases invernadero, productos químicos que se comen la capa de ozono y otros agentes contaminantes medioambientales. (Reconozco que los EE.UU. no encabezan precisamente esos esfuerzos, pero no tardarán en ponerse al día, creo.) Hum... matar gente o no tener hijos... no es una elección dificilísima, ¿no? Póngase en su lugar: ¿usted qué haría? ¿Tener un hijo y matar a alguien? ¿A usted mismo? Uno incluso se puede imaginar a vigilantes rondando y disparando a la gente que ha tenido hijos, causando con ello que todo el mundo viva más amontonado. Entonces el interés propio consciente sería bastante más severo... Alternativas mucho más probables son (a causa de la gradual aparición del problema mencionada antes) canalizar estas opciones a través de los impuestos. Es probable que no sea accidental que la nación europea con la tasa de natalidad más alta sea la única (Francia) con los planes de subsidios por hijos más generosos.

Vale la pena examinar brevemente la posibilidad de la emigración a gran escala al espacio. Esto parece tener un valor de persuasión limitado para tranquilizar a la gente (ya que la mayoría de la gente tiene la impresión de que vivir en una estación espacial no debe tener mucha gracia), pero eso puede ser estrechez de miras. Sin embargo, es importante observar que incluso si emigramos en cantidad suficiente como para permitirnos mantener la tasa de natalidad actual (y por lo tanto la proporción de gente que son niños) en la Tierra, no podríamos mantener esa proporción indefinidamente para el conjunto de la humanidad (incluido el espacio), ya que el espacio se llenaría. En serio. No se llenaría el espacio en su totalidad, por supuesto, pero el espacio que importa es aquel al que pudiéramos acceder en el momento que quisiéramos ocuparlo, y eso está limitado por la velocidad de la luz, así que, a efectos prácticos, el espacio es mucho más pequeño (aunque crece con el tiempo). Usted puede pensar que solo se trataría de una diferencia sin trascendencia práctica, pero resulta que se equivocaría. Para que la proporción de humanidad por debajo de los 18 (pongamos por caso) permanezca constante, a pesar de una tasa de mortalidad que es independiente de la edad (y muy baja), el tamaño total de la humanidad tiene que crecer exponencialmente. Pero el tamaño del espacio al que podemos acceder sólo crece de forma cúbica: el volumen de una esfera cuyo radio aumenta de forma lineal. Así que, al final, acabaríamos topándonos con una barrera de velocidad de la luz. ¿Quiere aventurar cuán pronto sucedería? Por increíble que parezca, resulta que sucedería al cabo de sólo unos pocos miles de años (y eso con supuestos del todo generosos sobre la densidad de población). Hay también el problema más prosaico de que nos quedaríamos sin materias primas para construir nuestras estaciones espaciales (o para nosotros mismos, para el caso), y nos afectaría más pronto, probablemente alrededor de la época en la que termináramos de poblar el sistema solar.

Sin embargo, la cosa no acaba aquí, en absoluto. Un panorama que alguna gente ha sugerido como bastante probable es que nuestro deseo de tener hijos declinaría progresivamente en urgencia, incluso si no declina en intensidad. De ser así, resultaría que, en general, seríamos felices teniendo hijos en un plazo que se alargaría exponencialmente: por ejemplo, tenemos un hijo sólo cuando seamos dos veces más viejos que cuando tuvimos el último. Resulta que esta fórmula no es suficiente para reducir el crecimiento al índice cúbico que necesitaríamos para que nunca nos encontráramos con el problema de la velocidad de la luz: lo que realmente necesitamos es algo un poco más riguroso, como un progresivo incremento de la edad a la que la gente tenga su primer hijo: pero usted ya coge la idea.

4) ¿De quién debería ser la decisión?

Por supuesto, la reacción de mucha gente es que en un mundo así (sin niños de los que hablar, y con el peligro para la propia vida de uno, o al menos para la riqueza de uno, si uno se atreve a procrear) no valdría la pena vivir. ¿Pero quién somos nosotros para decidir por las futuras generaciones? ¿Cómo podemos saber siquiera qué decisiones tomaríamos nosotros mismos? Me gusta recordarle a la gente lo breve que fue la explosión demográfica que resultó de la virtual eliminación de mortalidad infantil hace un siglo cuando descubrimos la higiene. ¿Qué sucedió? Respuesta: nos encontramos con que tener diez hijos cada uno tenía un coste prohibitivo, y, para evitarlo, nos sometimos alegremente a la bárbara indignidad de ponernos absurdos chismes de goma cada vez que practicamos el sexo. ¿Qué cree que habría dicho la gente en 1850 si usted les hubiera propuesto algo así como estrategia para evitar la inminente explosión demográfica? Obviamente, le habrían ridiculizado. No tenemos pistas sobre lo que decidiremos cuando surja la necesidad de reducir el índice de natalidad.

El hecho de que no podemos predecir lo que decidirán aquellos que se enfrenten con este dilema es la razón definitiva por la que tenemos un deber hacia esa gente de trabajar ahora para curar el envejecimiento lo más pronto posible. Cuanto más pronto lo hagamos, más gente en el futuro tendrá la oportunidad de tomar la decisión de cómo vivir sus vidas (incluido el rechazar las terapias de rejuvenecimiento y, como consecuencia, morir, si realmente les parece que no vale la pena vivir en un mundo con cada vez menos niños). Cuantas más evasivas busquemos, a más gente se le negará esa opción y se la condenará a morir. Es así de simple. Aquella gente también son personas, y tienen el derecho de que les sea dada (por otras, por nosotros) la opción más fundamental de todas, la opción de vivir.

Las terapias de rejuvenecimiento sólo estarían disponibles para los ricos.

No hay la menor posibilidad de que esas terapias queden restringidas por la capacidad adquisitiva más allá de unos cuantos años tras su aparición. Hay dos razones principales por las que estoy seguro de ello.

La primera razón es algo tétrica. Cuando se desarrolle una cura para el envejecimiento, la gente la querrá de todas todas, más de lo quieren las curas para otras cosas que sólo pueden alargar sus vidas unos cuantos años. El problema con la democracia es que sólo funciona bien con los asuntos que son muy muy importantes para mucha gente, lo bastante como para determinar a quién votan. La medicina contemporánea apenas lo consigue del todo; la economía siempre la domina. Pero eso no sería así en el caso de una cura para el envejecimiento. Tan pronto como hubiera una expectativa generalizada de una auténtica cura --sin contar el estado de desarrollo efectivo de la misma-- sería imposible optar por nada más que por una plataforma que constituyera un proyecto Manhattan para facilitarla, tanto en términos de su desarrollo como en términos de su diseminación. Las patentes que parecen poner en peligro el ritmo del avance hacia el acceso universal se verán sujetas a expropiación obligatoria por parte de los gobiernos (a un precio muy caro, desde luego, pero obligatoria en cualquier caso). Todas las leyes que ahora vemos entorpecer tales avances serán suprimidas en cuanto sea necesario. Ello sucederá no sólo debido al proceso democrático (el cual sólo funciona a nivel nacional), sino también al proceso político global. Desde el 11-S ha quedado claro que hacer enfadar a mucha gente no es una buena idea para nadie y, por lo tanto, el propio interés del mundo industrializado se dará prisa por poner las terapias de rejuvenecimiento al alcance de todos (a un precio asequible, incluso gratis si es necesario) lo antes posible. Al fin y al cabo, la gracia de comprar terapias de rejuvenecimiento está en vivir mucho tiempo y no en saltar por los aires a manos de alguien de la otra punta del mundo resentido contigo y tus compatriotas porque no pueden permitirse esas terapias.

La segunda razón es menos amenazadora. Habrá un plazo de tiempo de unos diez años, lo que yo llamo la "Guerra contra el envejecimiento", hasta que empecemos a conseguir resultados en ratones, resultados lo bastante impresionantes como para sacudir de nuestra sociedad el actual fatalismo y hacer que la gente realmente quiera una cura para el envejecimiento cuanto antes. Llegados a ese punto, empezará el alboroto --la sociedad se pondrá patas arriba de un millón de formas; nadie querrá nunca más, por poner un ejemplo, hacer trabajos de riesgo como el de bombero--, pero lo más importante es que (como he dicho antes) se convertirá en una obligación política dedicar una gran cantidad de dinero, dinero de los contribuyentes, a acelerar el final de la muerte por envejecimiento. La expresión "Guerra contra el envejecimiento" es apropiada, a diferencia de la "Guerra contra el cáncer", porque la gente estará dispuesta a hacer sacrificios a una escala que normalmente sólo se da en tiempo de guerra con el objetivo de acabar lo más rápido posible con la mortandad. La mayor parte de ese sacrificio será en forma de impuestos, para pagar la formación de una ingente cantidad de personal médico, para distribuir esas terapias CUANTO ANTES en cuanto lleguen, y también para proporcionar, entretanto, una asistencia médica tradicional mucho más completa para darle a tanta gente como sea posible la oportunidad de estar razonablemente sana cuando llegue el momento. Eso significa que, cuando lleguen de verdad las terapias de rejuvenecimiento, la sociedad ya habrá hecho lo que sea necesario para estar en situación de repartirlas entre todos aquellos que hayan envejecido lo bastante como para necesitarlas.

Nunca podríamos jubilarnos; mantener las pensiones resultaría imposible.

No; resultaría imposible sólo si nos jubiláramos a determinada edad y, a partir de ese momento, permaneciéramos jubilados para siempre. Lo que sucederá en realidad es que la jubilación acabará siendo periódica. Habrá una enorme demanda de educación y reciclaje para adultos, de manera que después de una década dedicado a jugar al golf usted pueda iniciar una nueva carrera para los siguientes 40 años. Jugar al golf todo el día no resultará siempre tan atractivo cuando tengamos el vigor de adultos jóvenes. Esto se aplica también a las pensiones, incluyendo tanto los gastos sanitarios como los de manutención: si hoy resultan caros no es porque haya mucha gente de mucha edad sino porque hay mucha gente débil. Esta es una de las ventajas más tangibles e inequívocas de la cura del envejecimiento: la riqueza, en lugar de ser consumida por los ancianos (como sucede hoy con la sociedad del bienestar), será aportada a la sociedad por todo el mundo, tenga la edad que tenga.

Los tiranos vivirían para siempre; sería como en "Un mundo feliz".

Los tiranos que no envejecen pueden ser asesinados con tanta facilidad como los que envejecen, y hoy en día la mayoría de tiranos no mueren de viejos, así que esto no me preocupa demasiado. Del mismo modo, la difusión de la democracia, sin ir más lejos, parece funcionar bastante bien a efectos preventivos: no sé de un solo ejemplo en la historia después del Imperio Romano en el que un estado fuera una democracia durante más de diez años y después dejara de serlo por cualquier otro método que no fuera ser conquistado por otra nación. [Nota añadida después de que este párrafo saliera en la red: de hecho, hay algunos ejemplos, pero no muy convincentes. Chile se convirtió en una dictadura en 1973 después de 40 años de democracia, pero sólo permaneció de esa forma durante 17 años, o, discutiblemente, sólo siete. Pakistán llevaba 11 años de democracia antes de 1999.]

2) Argumentos personales o filosóficos sobre por qué curar el envejecimiento podría ser malo:

Los jóvenes son los más creativos, así que los multi-centenarios estarían osificados.

¿Cómo lo sabe? ¿Qué pasa con los cerebros jóvenes y viejos que generalmente (no universalmente, recordémoslo) hace que las personas mayores sean menos creativas? Contemplo tres posibilidades: algo relacionado con el envejecimiento biológico del cerebro, algo que es consecuencia de la cantidad de información en el cerebro, o algo que es un mecanismo de presiones sociales (la gente mayor tiene menos tiempo para la reflexión y la ensoñación tan características de la creatividad). En todos los casos, estamos fuera de peligro. Si es porque el cerebro anciano ha perdido células o conexiones sinápticas, o el fluido intersticial está más oxidado, etc.: bueno, la idea es precisamente arreglar todo eso. Si es por la cantidad de lo que sabemos: no hay problema, ya que a mediana edad ya hemos alcanzado una estabilidad en lo que se refiere a olvidar cosas tan pronto como las hemos aprendido, y nos mantendremos así. Si es por causas sociales, incluso mejor aún: si la edad no afecta a la capacidad, tampoco afectará a su duración. De hecho, es altamente posible que cuanto mayor sea el grado de experiencia que tenga la gente de mucha edad, combinado con el evitar el envejecimiento biológico del cerebro, en realidad dé lugar a gente con mayor flexibilidad cognitiva y creatividad de la que cualquiera (joven o viejo) tiene hoy.

Con tanto tiempo, nadie buscaría superarse.

Esto es una tontería. ¿Impide de algún modo nuestro supuesto de que el envejecimiento es inevitable que los adultos jóvenes se esfuercen por superarse? No; lo cierto es todo lo contrario: hoy hay cosas que nadie intenta porque creen que no las conseguirán en el plazo de vida, y si ese plazo es mucho mayor lo intentarán.

Con tanta vida por delante, tendríamos que renunciar a todo aquello que, aún siendo placentero, entrañara riesgos.

Hace algunos años estaba de acuerdo con esto y ello me tenía verdaderamente preocupado: podríamos hacernos reacios a salir de casa por temor a que nos cayera una roca encima, y cosas por el estilo. En el libro que publiqué en 1999 sobre mutaciones mitocondriales y envejecimiento, en el que había unas cuantas páginas al final dedicadas al contexto social en el caso de una extensión excepcional de la vida, ciertamente pronostiqué que conducir podría ilegalizarse por el inaceptable riesgo que supone para la vida de la gente aparte de la del propio conductor. Pero actualmente soy de la opinión de que nos encargaremos de este verdadero problema del mismo modo que lo haremos con el envejecimiento: con la tecnología. Simplemente, haremos que las actividades arriesgadas sean menos arriesgadas, en lugar de evitarlas. Por ejemplo: ya estamos totalmente en condiciones de fabricar coches con sofisticados sensores de largo alcance y desconexión automática, coches que reducirían el riesgo de accidentes de carretera, mucha veces incluso en el caso de grave error humano. La única razón por la que no los fabricamos ya es que, actualmente, la proporción de muertes por accidente de carretera es demasiado baja como para considerarla una prioridad. Pero más de la mitad de las muertes accidentales se producen en accidentes de coche, así que cuando las muertes por envejecimiento se hayan eliminado, supondrán un porcentaje mucho más alto del total de las muertes. En consecuencia, nuestras prioridades serán muy distintas.

Nuestro actual recorrido vital es una pieza esencial de lo que significa ser humano.

Prefiero responder a esta afirmación con algunas preguntas:

1) ¿Cree que la medicina moderna nos hace menos humanos?

2) Si cree que la medicina moderna es algo bueno (por ejemplo, porque mitiga el dolor y el sufrimiento, además de haber ampliado sólo un poco la esperanza de vida, si no tenemos en cuenta la mortalidad infantil), entonces, ¿considera aceptable una mayor esperanza de vida como efecto secundario del alivio del dolor y el sufrimiento que, cada vez más, proporciona la medicina moderna? Si es así, ¿no es igualmente aceptable que la medicina futura amplíe la esperanza de vida en mayor proporción, dado que ello indudablemente aliviará también el sufrimiento que es corolario intrínseco a la fragilidad y debilidad propias de la vejez?

3) Suponiendo que, en efecto, poseer una esperanza de vida indefinida nos transformara tanto como para hacernos "no humanos": ¿disponer de esa tecnología podría, en su opinión, hacernos "no humanos" incluso si decidimos no utilizarla? Por ejemplo, suponiendo que se hubiera desarrollado y usted decidiera no utilizarla, ¿pasaría usted a ser, a pesar de todo, menos humano por el advenimiento de dicha tecnología? Pregunto esto porque si la disponibilidad no resulta un problema, sólo su uso, entonces siempre existe la posibilidad para parte (o toda, claro está) de la sociedad de preservar, o recuperar, su humanidad revirtiendo los efectos de tales terapias.

4) Hay mucha gente que cuestiona el punto de vista de que el rápido progreso médico, o cualquier otro progreso tecnológico, ponga en peligro nuestra humanidad. ¿La cura del envejecimiento nos haría no-humanos, o la humanidad de cada uno es algo personal, algo que cada individuo determina por sí mismo? El panorama que preveo es que, cuando llegue, los que adopten esta tecnología, de hecho, considerarán a aquellos que la rechacen como si no fueran auténticamente humanos, incluso lo harán de forma más enfática que lo harían los que la rechazaran hacia los que la adoptaran, simplemente porque desde que descubrimos el fuego ha quedado sobradamente demostrada la disposición humana a seguir adelante con la tecnología. Así que si usted está seguro de que rechazará tal tecnología, aquellos de nosotros que opinemos lo contrario podemos tender a considerarle como si usted ya no fuera realmente humano. Si usted cree que la condición humana es una característica objetiva, ¿quién es usted para decidir quién la posee y quién no?

Tratar de escapar de la vejez no es natural, es jugar a ser Dios.

Este tipo de argumento "ético" es, posiblemente, el más absurdo de todos --una afirmación contundente, me hago cargo, dada la poca flexibilidad de aquello a lo que compete-- debido a la cantidad de cosas que pasa por alto dentro de su propio ámbito. Desestimar y (por la inacción de uno) dejar que alguien muera más pronto, cuando uno podría hacer algo para que viviera mucho más sin ningún coste (o incluso a uno modesto) para sí mismo o para cualquier otro, se puede decir que es la segunda cosa más "antinatural" que un humano puede hacer, sólo superada (y por un margen muy estrecho) por causar la muerte de alguien con un acto explícito. (Está claro que en el mundo escasean estos valores éticos, pero esa no es la cuestión; el abandono de la ley de la selva es lo que define a la humanidad de manera más fundamental, y también lo que define a la civilización.) Así que pedirle a la humanidad que acepte el argumento de la "naturalidad" contra la extensión de la vida y, sobre esa base, retrasar el desarrollo de una cura contra el envejecimiento, sería pedirle que se transformara en algo tan in-humano como puede imaginarse. Incluso si tales cuestiones acabaran por no ser válidas, es para aquellos que experimenten esta disminución de su condición a los que corresponde actuar para restaurarla (por ejemplo, rechazando las terapias de rejuvenecimiento que estén disponibles), y no a nosotros elegir por ellos.

Uno lo puede enfocar también en términos tecnológicos, en lugar de términos de civilización. Para nosotros es claramente antinatural aceptar el mundo tal como nos lo encontramos: desde que inventamos el fuego y la rueda, no hemos dejado de demostrar tanto nuestra habilidad como nuestro deseo inherente de modificar las cosas que no nos gustan de nosotros mismos y de nuestro entorno. Si decidimos algo tan horrible como que la debilidad, la decrepitud y la dependencia es algo con lo que todo el mundo debería vivir, estaríamos yendo contra el aspecto más fundamental de lo que significa ser humano. Si cambiar nuestro mundo es jugar a ser Dios, eso no es más que otra manera en la que Dios nos hizo a Su imagen y semejanza.

Eso no sería salvar vidas, sería extender vidas.

No hay diferencia entre extender vidas y salvar vidas. Cuando salvamos la vida de alguien, le damos la oportunidad de vivir más de lo que, de otro modo, hubiera tenido ocasión de vivir. Punto. Si cree que puede establecer una línea de distinción clara entre salvar y extender la vida de alguien, hágamelo saber. Y no olvide que la vida que permitirá esas terapias de rejuvenecimiento no es una que, al final, extienda la debilidad, sino una sin debilidad, incluso hasta el final. Dicho de otro modo: decir que no deberíamos curar el envejecimiento es un prejuicio contra los viejos, como si los ancianos no fueran dignos de atención médica. Eso no es cierto: las personas de edad también son personas.

Uno podría, por supuesto, salir con una distinción terminológica concreta entre alargar vidas y salvar vidas que, a efectos de comunicación, podría resultar útil. Pero la cuestión es que no hay diferencia moral entre alargar vidas y salvarlas. Si es bueno curar a un niño de diez años de leucemia y darle de ese modo la oportunidad de vivir otros 70 años de vida saludable, también en bueno curar el envejecimiento de una persona de 80 años y darle la misma oportunidad. Negar esto es decir que los ancianos no valen la pena. Coincido plenamente con Leon Kass y otros bioconservadores en que hay un concepto del "juicio de repugnancia" con el que, en último término, se define lo bueno y lo malo en función de lo que se considera natural o antinatural. Pero en este caso hablamos de que deberíamos curar el envejecimiento lo antes posible. Creo que salvar vidas es natural, y, a la inversa, que abstenerse de investigar para salvar vidas con la mayor celeridad posible es repugnante. No es natural condenar a la gente a una innecesaria muerte temprana.

Olvidaríamos tantas cosas sobre nuestra juventud que dejaríamos de ser la misma persona.

Esto no es problema, pues ya disponemos de recuerdos renovados y no parece perturbarnos. Yo no puedo recordar los nombres de todos mis compañeros de clase de cuando tenía 13 años, por ejemplo, y no considero haberme muerto mientras tanto. Gran parte de la razón por la que esto no nos perturba se debe a que no perdemos recuerdos en una secuencia cronológica (lo que primero entra es lo primero que se olvida); un recuerdo se refuerza en función de las veces que el proceso de memoria recurre a él, por lo que las cosas que consideramos lo bastante importantes como para ser recordadas (las cuales definen la imagen de nuestro propio yo y nuestra identidad) se mantienen indefinidamente, aunque se olviden cosas más superficiales. Esto es tan válido para una esperanza de vida de 5000 años como para una de 50.

Aquí también puede ser útil dar una respuesta de corte biológico. Nuestros recuerdos (y por lo tanto todo aquello relacionado con nuestra personalidad, etc.) están almacenados en las conexiones entre las células del cerebro, y cuando muere una célula esas conexiones, obviamente, se pierden para siempre, ya que una célula de reemplazo no se conectará necesariamente con las mismas células exactamente, incluso en el caso de que esté en el mismo lugar exacto en el que se encontraba la célula muerta. De hecho, es incluso peor que todo eso, ya que en ocasiones las células del cerebro se atrofian bastante, perdiendo un montón de conexiones con otras células, incluso antes de estar realmente muertas. Lo cual complica las cosas. Pero estamos de suerte, gracias al modo en el que el cerebro almacena los recuerdos. Hay muchas cosas que no sabemos sobre cómo lo hace, pero lo que sabemos con seguridad es que es "holográfico"; sea un hecho determinado, una opinión o lo que sea, no se almacena en una sola célula o conexión sino que lo hace en toda una red de conexiones en una región relevante del cerebro. Así que, cuando muere una célula, es como perder un pedazo del holograma: el recuerdo sigue ahí, sólo que en una forma ligeramente menos "precisa". Ahora, otra cosa que sabemos es que los recuerdos lejanos se conservan mejor si se rememoran con frecuencia: puedo recordar el nombre de mi madre sin ninguna dificultad, pero no los nombres de la mitad de la gente de mi clase en la escuela de primaria, nombres que aprendí más recientemente, ya que uso más a menudo el nombre de mi madre y no uso los nombres de mis compañeros de colegio. Este es el quid de cómo podemos mantener la función y recuerdos en el cerebro. Si las células cerebrales se reemplazan más o menos en la misma proporción en la que mueren naturalmente, serán utilizadas por nuestro proceso cognitivo habitual que refuerza los recuerdos, como si esas células hubieran estado allí (sin utilizar) desde siempre.

3) Argumentos sobre por qué curar el envejecimiento no es importante:

¡Ni siquiera quiero vivir hasta los mil!

Pero espérese: usted no vivirá hasta los mil en ningún momento próximo, hagamos lo que hagamos. Usted vivirá un año cada vez, como ahora, sólo que cada año usted será exactamente tan joven como el año anterior. Así que lo que usted debería preguntarse a sí mismo al decidir si quiere estas terapias no es si usted quiere vivir un tiempo realmente largo, sino si quiere volverse débil y decrépito y dependiente y enfermo, como lo hace todo aquel que hoy por hoy vive lo suficiente. Si usted no quiere que eso le suceda, querrá estas terapias: y si termina viviendo un tiempo realmente largo como efecto secundario, tal vez usted lo encuentre más agradable de lo que actualmente se cree.

Soy demasiado viejo como para tener ninguna posibilidad de beneficiarme.

¿Y qué? ¿Sus hijos también son demasiado viejos? Todas las vidas son valiosas. Considere el caso de los pasajeros del vuelo 93, quienes redujeron a los secuestradores. No podían pensar que tuvieran muchas posibilidades de salvar sus vidas. Si actuaron como lo hicieron debió ser porque sabían que salvarían muchas más vidas en tierra. ¿Sabían de qué vidas se trataba?; claro que no. Y no les importó.

Puedo decir, con la mano en el corazón, que así es como veo yo esta cruzada. Cada segundo mueren dos personas, más o menos, a lo largo y ancho de este mundo, y más de la mitad de esa gente muere por causas por las que normalmente la gente joven no suele morir. Con esto estamos diciendo que la vejez mata a una persona por segundo, mata a cien mil personas al día, mata a treinta millones de personas al año. Eso es una cantidad muy seria de personas. Y salvar vidas está bien. A decir verdad, pienso más en ello en términos de utilizarlo para salvar vidas que para salvar la mía propia. Por supuesto, cuando me metí en esto, pensaba en mis propias perspectivas. Uno piensa de forma egoísta por defecto. Pero cuanto más trabajo en ello, más aprecio el valor de salvar también la vida de los demás. Así que, al margen del nivel en el que la ciencia está, tanto si creo que hay una posibilidad de salvar mi propia vida como si creo que es evidente que la salvaré y por lo tanto sólo tengo que preocuparme de la gente de más edad, cada día que ayude a avanzar en la auténtica derrota del envejecimiento humano está salvando cien mil vidas, lo cual es como decir treinta World Trade Centers, ya sabe. Es cosa seria.

Deberíamos centrarnos primero en curar enfermedades y acabar con el hambre

Hay tres errores en esta idea. Primero, la pregunta que deberíamos hacer es en qué medida nos puede implicar. Dado que el mayor problema para curar pronto el envejecimiento es disponer de la ciencia que lo permita, puede que la inmensa mayoría de la gente se implique más en ello que con el hambre en el tercer mundo, ya que esto último supone vencer enormes presiones políticas y económicas para conservar el status quo. En segundo lugar, aunque se tratara de una elección entre paliar el hambre y curar el envejecimiento, los promedios de años de vida saludable que se añadirían a la gente por una u otra línea de acción apuntan a que deberíamos dedicar el mayor de nuestros esfuerzos a curar el envejecimiento. Pero el tercer error es el más decisivo: la idea de que curar el envejecimiento no es urgente se basa en el hecho de que ello nos llevará por lo menos un par de décadas, mientras que paliar el hambre salva vidas inmediatamente. Esto no es lógico. Consideremos dos formas en las que uno (A) puede matar a otro (B): A puede dispararle a B, o A puede construir una casa para B y, adrede, construir un techo defectuoso que caiga y aplaste a B cuando esté en la cama, un año después. El intervalo entre la acción de A y la muerte de B en esos casos es distinto por unas, digamos, siete u ocho órdenes de magnitud, ¿pero hay alguna diferencia en la culpabilidad de A? No. No hay diferencia si B vende la casa en ese intervalo y la persona que muere en su lugar es C; ni si el pedazo de techo se cae cuando no hay nadie en casa. Mientras haya la suficiente posibilidad de que una acción hoy pueda acercar la cura del envejecimiento, esa acción de hoy está salvando vidas.

Dicho de otro modo: no hay diferencia entre salvar vidas y alargar vidas, ya que en ambos casos estamos dándole a la gente la oportunidad de vivir más. Decir que no deberíamos curar el envejecimiento es un prejuicio contra los viejos, como si los ancianos no fueran dignos de atención médica. La gente de edad también es gente.

Deberíamos centrarnos en posponer la debilidad, no la muerte.

Puede defenderse que el malentendido más común acerca de alargar la vida es que se trata de mantener vivas a las personas en un estado física o mentalmente décil. Éste es también el problema principal que tienen los políticos con el alargamiento de la vida (a cuenta de los gastos, aparte de todo lo demás), y, si en eso hubiera la menor pizca de verdad, entonces sería realmente cosa seria. Pero, desde luego, lo que tratamos de hacer es alargar o restaurar la juventud y vitalidad física y mental. Una de las cosas por las que a menudo vitupero a mis colegas es que se complacen con esto: en vez de agarrar el toro por los cuernos y educar a los que deciden la política a seguir y al público, intentan esquivar el tema fingiendo que la gerontología no trata para nada del alargamiento de la vida, sino más bien de lo que se llama “compresión de la morbidez”: mantenernos sanos hasta muy poco antes de que muramos, sin retrasar la muerte necesariamente. Esto es una verdadera vergüenza, en primer lugar porque la ciencia nos dice muy claramente que cualquier cosa que alargue la vida saludable es prácticamente seguro que alargará la vida total en la misma medida, es decir, que no comprimirá la morbidez en absoluto; y, en segundo lugar, porque las personas que justo acaban de dejar de estar sanas probablemente no tendrán ganas de morirse justo entonces. Tener miedo de decir la verdad a los políticos no hace bien a nadie. Ha habido ciertas compresiones menores de morbidez en los últimos veinte años en el área de la invalidez moderada, pero ninguna en la invalidez severa, y he aquí la razón: es imposible biológicamente. Es cierto que algunas personas tienen una morbidez mucho menor antes de la muerte que otras, pero no están en el estado en que estaban hace veinte o cincuenta años.

No sólo eso: incluso la eliminación total (compresión hasta cero) de la morbidez no es tan genial, si usted piensa en ello: morir mañana estando todavía en el apogeo de la salud no es más atractivo a los noventa que a los cuarenta años. (Si no me cree, ¡pregúntele a un anciano de noventa años verdaderamente sano!)

La vida ya es lo bastante larga como para hacer todo lo que la vida puede ofrecer.

Hable por usted. Yo estoy bastante seguro de que nunca me faltarán cosas nuevas y emocionantes que hacer. Ahora bien, estoy de acuerdo en que eso es así en gran medida porque yo he tenido una educación muy buena que me ha enseñado a explorar nuevos derroteros tan pronto como me siento aburrido, y que los que en ese aspecto tienen menos suerte que yo pueden tener horizontes más limitados. Pero recuerde que cuando curemos el envejecimiento ya no tendremos muchas personas débiles, y las personas débiles hoy son muy, muy caras, en términos de cuidados médicos, pensiones de jubilación y también, desde luego, el hecho de que no contribuyen a la riqueza de la sociedad como lo hace la gente joven. Mucha de esta riqueza liberada se empleará en educación para adultos y reentrenamiento para mejorar la vida de los que tuvieron menos suerte en el mundo de hoy, maniatado por el dinero. Y, por encima de eso, habrá tiempo para hacer muchas cosas que ahora no podemos hacer aunque dediquemos toda nuestra vida, porque simplemente hace falta demasiado tiempo: visitar estrellas lejanas, por ejemplo.



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