Deberíamos centrarnos en posponer la debilidad, no la muerte.
Puede defenderse que el malentendido más común acerca de alargar la vida es que se trata de mantener vivas a las personas en un estado física o mentalmente décil. Éste es también el problema principal que tienen los políticos con el alargamiento de la vida (a cuenta de los gastos, aparte de todo lo demás), y, si en eso hubiera la menor pizca de verdad, entonces sería realmente cosa seria. Pero, desde luego, lo que tratamos de hacer es alargar o restaurar la juventud y vitalidad física y mental. Una de las cosas por las que a menudo vitupero a mis colegas es que se complacen con esto: en vez de agarrar el toro por los cuernos y educar a los que deciden la política a seguir y al público, intentan esquivar el tema fingiendo que la gerontología no trata para nada del alargamiento de la vida, sino más bien de lo que se llama “compresión de la morbidez”: mantenernos sanos hasta muy poco antes de que muramos, sin retrasar la muerte necesariamente. Esto es una verdadera vergüenza, en primer lugar porque la ciencia nos dice muy claramente que cualquier cosa que alargue la vida saludable es prácticamente seguro que alargará la vida total en la misma medida, es decir, que no comprimirá la morbidez en absoluto; y, en segundo lugar, porque las personas que justo acaban de dejar de estar sanas probablemente no tendrán ganas de morirse justo entonces. Tener miedo de decir la verdad a los políticos no hace bien a nadie. Ha habido ciertas compresiones menores de morbidez en los últimos veinte años en el área de la invalidez moderada, pero ninguna en la invalidez severa, y he aquí la razón: es imposible biológicamente. Es cierto que algunas personas tienen una morbidez mucho menor antes de la muerte que otras, pero no están en el estado en que estaban hace veinte o cincuenta años.
No sólo eso: incluso la eliminación total (compresión hasta cero) de la morbidez no es tan genial, si usted piensa en ello: morir mañana estando todavía en el apogeo de la salud no es más atractivo a los noventa que a los cuarenta años. (Si no me cree, ¡pregúntele a un anciano de noventa años verdaderamente sano!)
La vida ya es lo bastante larga como para hacer todo lo que la vida puede ofrecer.
Hable por usted. Yo estoy bastante seguro de que nunca me faltarán cosas nuevas y emocionantes que hacer. Ahora bien, estoy de acuerdo en que eso es así en gran medida porque yo he tenido una educación muy buena que me ha enseñado a explorar nuevos derroteros tan pronto como me siento aburrido, y que los que en ese aspecto tienen menos suerte que yo pueden tener horizontes más limitados. Pero recuerde que cuando curemos el envejecimiento ya no tendremos muchas personas débiles, y las personas débiles hoy son muy, muy caras, en términos de cuidados médicos, pensiones de jubilación y también, desde luego, el hecho de que no contribuyen a la riqueza de la sociedad como lo hace la gente joven. Mucha de esta riqueza liberada se empleará en educación para adultos y reentrenamiento para mejorar la vida de los que tuvieron menos suerte en el mundo de hoy, maniatado por el dinero. Y, por encima de eso, habrá tiempo para hacer muchas cosas que ahora no podemos hacer aunque dediquemos toda nuestra vida, porque simplemente hace falta demasiado tiempo: visitar estrellas lejanas, por ejemplo.